«La belleza perece en la vida pero es inmortal en el arte» Leonardo da Vinci

domingo, 22 de marzo de 2015

Voluntariado cultural (2/3): el otro lado del voluntariado

Revisando los post que tenía por aquí escritos en borradores, y que estaban pendientes de publicar, he rescatado éste, porque me parecía el momento idóneo para hacerlo. Mis colaboraciones me restan mucho tiempo de dedicación al blog, pero no por ello debo descuidarme por aquí.

Enganchando con el post anterior, le propuse a una de las participantes en la última retahíla de trinos, @munenix, compañera de carrera y coautora de uno de los mejores blogs sobre arte que sigo, Sala 12, una colaboración en mi blog contándonos qué era para ella el voluntariado cultural. Ella ha sido voluntaria, y gracias a ello ahora mismo tiene trabajo. Pero mejor lo cuenta ella, en primera persona, que lo hace con más desparpajo.

El voluntariado en museos es un tema controvertido sobre el que se ha discutido mucho. En esta ocasión, me gustaría tratarlo desde mi experiencia personal como voluntaria en un museo. 

Terminada la carrera en Historia del Arte, comencé a prepararme para las oposiciones al cuerpo de conservadores. Tras dos años sin noticias de convocatoria, decidí buscar algún tipo de experiencia profesional. Ya que la remunerada era imposible, me interesé por programas de voluntariado, pero pronto descubrí que las instituciones culturales que ofrecen programas de voluntariado a jóvenes se pueden contar con los dedos de una mano (y sobran varios). Tuve la inmensa suerte de encontrar un sitio en el programa que ofrece la Fundación de Amigos del Museo del Prado.

@munenix desde el trabajo
Pienso, sin ninguna duda, que durante el año que estuve de voluntaria en la Fundación recibí mucho más de lo que aporté con mi trabajo: aparte de garantizar acceso al museo, cursos y conferencias, y de la formación específica sobre gestión cultural para el desempeño de su función, la fundación ofrece a su personal voluntario un curso de formación sobre las colecciones del museo. 

En mi opinión, el punto clave del voluntariado cultural se encuentra en encontrar el equilibrio entre el trabajo que se realiza y los beneficios que se reciben, no sólo a nivel material sino también de formación e introducción al sector profesional, en este caso el de la gestión cultural. Este equilibrio es difícil porque generalmente implica un desembolso económico que muchas instituciones no pueden o no quieren asumir. No se puede pretender tener un programa de voluntariado a coste cero, se ha de invertir en su formación y se ha de procurar ofrecerle unas condiciones que, en cierto modo, "compensen" el tiempo que están dedicando gratuitamente a la institución: formación en el campo profesional del que se trata, acceso a cursos, conferencias, etc. 

Un programa de voluntariado exige una planificación de las tareas a desempeñar y un papel concreto del voluntario dentro de la institución, para no caer en el intrusismo profesional. Es muy fácil recurrir a la ingente cantidad de estudiantes y titulados que buscan cualquier tipo de experiencia profesional para que lleven a cabo un trabajo que debería corresponder a un personal contratado.

Es cierto que es muy difícil encontrar una tarea que no pueda desempeñar otra persona con un contrato laboral, por lo general pienso que debería de tratarse de puestos que no exijan una dedicación de más de 6 horas diarias 5 días a la semana, es decir: un puesto que puedan cubrir distintas personas al mismo tiempo y que de otro modo no se cubriría. 

Con esta aportación no pretendo crear una "doctrina" que se deba cumplir en todos los casos, sólo son unas reflexiones que han surgido a raíz de la propia experiencia como voluntaria. Me gustaría más bien que se considerara como una aportación a un debate que está en el ambiente y del que todavía tiene mucho que decirse.

@munenix desde el trabajo

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