«La belleza perece en la vida pero es inmortal en el arte» Leonardo da Vinci

sábado, 14 de junio de 2014

Misántropo en el Teatro Español

Una, viendo que este final de primavera tiene los teatros de Madrid llenos a rebosar de buenas propuestas, se decidió a ir al Teatro Español a ver Misántropo. Por menos de lo que habría pagado cualquier día en cualquier cine.

Después de un cruce de tuits tanto con la productora de la obra (a cuento de las entradas, por culpa de Telentrada) como con uno de los actores (por culpa de los móviles), llegué al teatro bien acompañada, me arrellané en mi butaca, y me dispuse a disfrutar de casi dos horas de espectáculo.

Misántropo es una obra de Molière que no he leído, pero que mi acompañante sí, y deseaba ver desde que la comenzaron a representar y a publicitar a todo cartel en Madrid. Lo maravilloso de esta experiencia ha sido que iba a ciegas, que no sabía lo que iba a suceder sobre las tablas. Que iba virgen. Y que salí descarnada. Y maravillada.

Misántropo es una durísima reflexión acerca de la verdad. Acerca de cuánta verdad queremos en nuestra vida. Acerca de qué supone la honestidad plena, de si estamos dispuestos a disfrutarla, pero también dispuestos a sufrirla.

En esta adaptación libre, lo que se hace, de una manera absolutamente magistral, es poner negro sobre blanco que hay temas que, salvando matices, son extrapolables a cualquier momento de la existencia humana. Molière escribió su obra en 1666. En 2014, seguimos viviendo exactamente las mismas reflexiones, los mismos problemas morales. En la obra original, la acción transcurre en una habitación de una casa. Esta vez, en un callejón, en la puerta de atrás de una sala de fiestas.

La reflexión, más allá de la actuación excelente del elenco y del texto, cercano al original, pero no tan cercano, es dura. Es descorazonadora. Vivimos en un mundo más o menos hipócrita, dependiendo de a qué estamento pertenezcamos y a dónde deseemos llegar, donde lo que criticamos por un lado queremos hacerlo, por otro lado, con toda nuestra alma. Nuestras pasiones nos manejan con absoluta libertad, y al final del día, nos rendimos ante ellas.

Me quedo con las frases que dice Celimena cuando se destapa la traición, y que más o menos vienen a decir que todo el mundo esconde un esqueleto en el armario, y que el shock y el espectáculo que ella ha dado no tienen ninguna importancia, puesto que quién no lo ha hecho antes que ella, y a cuántos se han perdonado y olvidado. Efectivamente. Todo cae en el olvido.

El montaje es contemporáneo pero no resta ni un ápice de sentido al texto original, y los actores, sobresalientes. El sonido muy bien (estábamos muy arriba y se oía perfectamente), y me encantó ver a gente joven, y no tan joven, llenando bastante para ser un jueves.


Madrid está vivo, lleno de teatro. Id y disfrutad, olvidad vuestros móviles, vuestra vida cotidiana, y corred a verla.

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