«La belleza perece en la vida pero es inmortal en el arte» Leonardo da Vinci

sábado, 25 de enero de 2014

Velázquez, Roma, Wagner

Una, aprovechando que el miércoles era un buen día como cualquier otro para disfrutar del arte, estuvo en el Museo del Prado.

El Prado, lo digo siempre, es una versión en pequeño de Madrid. Siempre me quejo de las mismas cosas: montones de gente en las salas, iluminación (salvo excepciones) deficiente, alguna que otra vez un trato que dejaba un poco que desear… Pero siempre acabo volviendo. Siempre regreso. Es como un mal amante, ni contigo ni sin ti. En el fondo, lo echaría de menos. Como Madrid.

El miércoles, digo, estuve en el Museo del Prado. Tienen unas pocas exposiciones temporales, y pese a que la crisis arrecia, y se nota en que hay menos dinero y menos visitantes y todo eso que se dice en los periódicos, siguen montando una exposición buena detrás de otra.

Las que vimos están a punto de finalizar, así que daos prisa, que merecen mucho la pena.

La primera en la que entramos fue en la de Velázquez y la familia de Felipe IV. Es… Wow. Es increíble. Hacía muchos años que no tenía un Stendhalazo, y delante de uno de los cuadros se me cayeron lágrimas. De este en concreto:


No es el de la galería Doria-Pamphilli (el que he colgado arriba), no sabía que estaba expuesto, pero cuando me giré, acabando de entrar en la exposición, me quedé sin palabras. Queda patente la maestría de mi paisano en cada uno de sus lienzos. Una cosa que me hizo sonreír fue que tienen juntos dos retratos que me los pusieron tal cual en un examen, juntos, a comparar. Son Felipe Próspero y la infanta Margarita.

 


Todas las cosas que lleva colgadas el niño se usaban como amuletos contra la mala suerte, trozos de coral, figas, escapularios, todo salvo la campanita en el frente de la falda, que servía para que se escuchara por dónde iba. Hasta los 7 u 8 años, a los niños y a las niñas se los vestía igual. El retrato del niño es de una etapa temprana, donde la pincelada aún es concreta y perfecciona cada detalle (el delantal que lleva el faldón está recién puesto, tiene las señales de haber estado doblado, el perrito con sus ojitos brillantes), y el retrato de la niña… Ay. De cerca, es una mancha de color. La mano que apoya en la mesa aparece apenas abocetada. Es magnífico. Ambos lo son.

Después de esto, fuimos a caer en otra exposición temporal, Roma en el bolsillo. Desde aquí, insto a que los participantes en el blog De vuelta con el cuaderno vayan a verla, puesto que les va a parecer maravillosa. Antes de las becas Erasmus, que a este paso se acabarán extinguiendo, había estudiantes de la Academia de Bellas Artes que, tras superar un examen de aptitudes, eran becados para irse a Roma y aprender in situ. De estos pensionados hay dos tipos de obras expuestas: las oficiales, los trabajos “de clase”, y sus cuadernos de notas. Nos prestaron una Tablet, y pudimos ver algunos de los que allí se exponen, como por ejemplo el de Francisco de Goya. Una bonísima idea.

Por último, agotando las dos horas de visita, vimos una muestra de arte en relación con la ópera: Egusquiza y el Parsifal de Wagner. Impresionante las obras, representando a los protagonistas de esta tragedia. Una mezcla entre los Prerrafaelitas y William Blake. Muy gratamente sorprendida.

Muy bien todo, esta vez. La iluminación y la cartelería estupendas, y la gente del Museo, un 10.


¡Id ya, que las dos primeras terminan el 9 de febrero!

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