«La belleza perece en la vida pero es inmortal en el arte» Leonardo da Vinci

sábado, 14 de septiembre de 2013

28/8 (2): Dalí... pero no

Como decía antes, el día no acabó ahí...

Después de dejar el Paseo del Prado, y con un café granizado en las manos para soportar el bochornoso día que se gestaba en la capital (acabaría lloviendo un rato después), fuimos a ver cómo iba la vaina con la exposición de Dalí. Y nos quedamos sin verla, porque la cola era pantagruélica. Aquello parecía la EXPO ‘92. No eran ni las seis, y daban las entradas a los últimos de la cola, como pronto, para las nueve de la noche. Casi medio kilómetro de cola. Os pongo un pantallazo de Maps, para que veáis hasta dónde llegaba la gente, sin exagerar ni nada:


Siento decir que no me gustó, con todo el dolor de mi corazón. No me gustó no por el hecho de que lo estábamos petando en materia museística, por el hecho de que salía todos los días en prensa escrita y en las noticias, por haber tenido que ampliar el horario de visitas hasta las once de la noche. Por reventar las cifras de las exposiciones que se habían organizado en España. No. Por eso no.

A primeros de agosto, el director del MNCARS había dicho esto:


Y a mí me sentó mal. Muy mal. De hecho, me cabreó bastante y lo dije públicamente en Facebook: no se muerde la mano que te da de comer. Lo dije allá donde fui. Se lo dije a todo el que quiso escucharme. Un buen ejercicio de tirar piedras contra el tejado propio el del señor Borja-Villel.

Señor mío: entre usted y yo, su museo, de los que conforman el paseo del arte, es el raro. No es el Prado, no es el Thyssen. No es, ni siquiera, el edificio chulo del Caixafórum. No es popular. Es ese lugar reformado por Jean Nouvel (que a mí me flipa y he fotografiado en infinitud de ocasiones), rojo por fuera, con un alero que da a la ronda de Atocha (que brilla y me emboba cuando paso por allí), con una entrada que da a una plaza llena de terrazas, de chavales con monopatines por la tarde, con juventud de botellón por la noche, y el Real Conservatorio Superior de Madrid en una de sus pandas.

Su museo es raro. Todos los años, por ARCO, alguien me pregunta si no nos da vergüenza tener el museo lleno de “ese arte, porque vosotros decís que es arte, pero hay cada cosa…”. Que pagamos un dinerito por comprar obra en ARCO que ha sido objeto de escándalo en alguna ocasión (el año pasado, 700.000 euros; éste, 318.799). Es la hermana fea de los museos grandes de Madrid. Tiene el Guernica y mucho de Miró. Pero no es popular.

A lo que voy con todo esto es que usted, entre todos los elegidos de este país, debería cerrar el piquito, porque jamás soñó con las cifras de cierre de la exposición de Dalí para decir, alegremente y a la ligera, que no está nada de acuerdo con las exposiciones populistas. Y publicarlo en el editorial de la propia revista del museo. Eso es tener mucha jeta, eso es morder la mano que le da de comer. Si no fuera por el montón de gente que deseaba ver qué pasaba con Dalí, y me aventuraría a decir que muchos más extranjeros que autóctonos, su museo habría hecho las mismas cifras exiguas que hace todos los veranos, comparando con el Thyssen y con el Prado.

Yo no fui y no puedo hablar de la exposición, claro. Pero ahí estaba mi colega de profesión y buena amiga Bea para contar en su blog qué le pareció Dalí. Su crítica, aquí:


Mi reflexión final se encamina más hacia ésta, que hacia los aires de grandeza y la falsa modestia del señor Borja-Villel:




La primera parte de la jornada museística, aquí. Aunque... tampoco acabó aquí...

Actualización 17/9: El señor Borja-Villel debe tener doble personalidad, porque dijo todo esto en la entrevista que le hicieron el domingo en el País Semanal, con mucha coherencia con lo anterior...

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