«La belleza perece en la vida pero es inmortal en el arte» Leonardo da Vinci

domingo, 10 de julio de 2011

Oh Gran Donii!

Domingo, seis menos veinte. Madre mía, qué verano más largo este.

Después de haber pasado uno de los años más paranoides de la década, pensé que este verano sería absolutamente diferente. Después de mucho estrés, de mucha mierda, de muchos llantos, de una ansiedad que no se va ni con espátula, de un máster del profesorado que ha sido como apuntarme al ejército israelí, una enfermedad me frenó en seco y me dejó 15 días a la merced de nadie en la cama de un hospital. Cuando tú crees que vas a ganar el primer premio, y sólo te dan el de consolación.

Un frenazo absoluto, a todos los niveles. A nivel de familia, de amigos, de profesión, interno, externo, mediopensionista. Tu esfuerzo, en stand by. Tus creencias, unas reforzadas y otras caídas por el suelo. Todo parado, como si esperara al pistoletazo de salida que ponga otra vez todo a funcionar a tope.

Y aquí estoy, esperando ese pistoletazo de salida. Tengo un nudo en las entrañas que no sé cómo deshacer. Mi instinto de escritora amateur de parada del autobús me dice que escriba, pero tengo una venda en los ojos del alma, y no hay nada que excite el boli y que ponga a funcionar esta maquinaria de nuevo. Nada que no haya sido mil veces escrito. Nada que me tenga en jaque. Nada que a la tercera frase quiera dejar de lado, puesto que es siempre lo mismo.

Toda la música me suena igual, todas las películas son la misma, todos los libros que leo son similares. Incluso durante mi estancia hospitalaria medité si había llegado el momento de comenzar con los clásicos, ya que la literatura contemporánea no me ofrecía un galimatías lo suficientemente entretejido como para que no supiera resolverlo en cinco minutos.

Y en ese atolladero, cogí un libro. Uno de seis. Ya voy por el tercero, sin saber cómo acabará.

Sigo pensando en la próxima película que podré ver sin imaginar cómo termina. El próximo disco que escuche y de verdad me emocione. Crear es un arma de doble filo, puesto que la fantasía va en dos direcciones, la del otro y la tuya. Y si eres más hábil que el otro, ya te has destripado el final.

Si hay algún buen samaritano que se ofrezca a espolear a esta pobre creadora, que deje su idea. Yo se la agradeceré, y veremos qué sale.

Mientras tanto, rememoro a la Dama del Armiño, que ahora descansa en el Palacio Real de Madrid, y me quedo con mi lectura de verano:


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